Séneca nació en la Hispania Baetica (actual Córdoba, España). Fue tutor y consejero del emperador Nerón y presenció un caos político increíble. Es célebre por sus Cartas a Lucilio y tratados morales, donde enseña la serenidad, el valor del tiempo y la fuerza interior. Cuando Nerón le ordenó a Séneca que se quitara la vida, Séneca mantuvo la calma: reunió a sus amigos, los consoló e incluso debatió filosofía mientras aceptaba con serenidad su destino. Se le recuerda por decir: «No es que tengamos poco tiempo de vida, sino que desperdiciamos mucho».


Datos curiosos: las cartas y ensayos de Séneca siguen siendo populares hoy en día porque sus consejos parecen atemporales, casi como manuales de autoayuda para problemas modernos. Por ejemplo: cuando advertía en De Brevitate Vitae que “no es que tengamos poco tiempo, sino que desperdiciamos mucho”, estaba señalando la misma idea que ahora repiten los manuales de productividad. La vida se nos escapa por falta de foco. También su insistencia en mantener la serenidad ante lo que no controlamos —anticipar la adversidad, no temer a la muerte y aceptar el destino— se parece mucho a lo que hoy llamamos mindfulness o la invitación a vivir el presente. En sus cartas, Séneca defendía una vida sencilla, convencido de que la verdadera riqueza no está en acumular, sino en necesitar poco, algo que ahora asociamos al minimalismo o al movimiento slow life. Su filosofía también ofrece claves de resiliencia emocional: aprender a dominar la ira, no depender de la opinión ajena y sostener la calma en medio de la adversidad, lo que en lenguaje actual traducimos como gestión emocional. Y, sobre todo, su llamada a vivir con autenticidad, de acuerdo a principios y no a las apariencias, conecta directamente con la búsqueda moderna de identidad y propósito. «Era un influencer de la época.»

En sus Cartas a Lucilio cuenta que asistía a espectáculos de gladiadores, pero le repugnaban los combates gratuitos a muerte. Aun así, reconocía que la resistencia y el coraje de algunos gladiadores eran ejemplo de fortaleza estoica. Admiraba esos hombres pero destestaba ese grotesco espectáculo violento. De hecho decía que esos juegos no eran educación en el valor, sino un ejercicio de crueldad y decadencia colectiva.

Fue famoso por su calidad como orador, por su voz potente y su estilo casi teatral. De ahí viene la intensidad literaria de sus escritos. Los contemporáneos decían que su manera de expresarse era más moralizante y directa que adornada, distinta de los grandes retóricos que buscaban florituras.

De joven siguió durante años una dieta sin carne ni vino, influido por Pitágoras y sus seguidores, ya que defendían no matar animales, en parte por motivos espirituales. Lo abandonó al entrar en política porque en Roma eso se veía como sospechoso de superstición extranjera.

En varias cartas recuerda que nació en Hispania, pero siempre se sintió extraño en Roma. A veces decía que su espíritu pertenecía más a la naturaleza de Hispania que a la vida urbana de Roma. Su padre, Séneca el Viejo, hablaba con orgullo de Córdoba y del talento de los hispanos. Este orgullo familiar probablemente influyó en su identidad. Su pensamiento estoico lo llevaba a ver la corrupción y el lujo de Roma como una decadencia frente a la vida más sobria de provincias. Por eso, aunque ciudadano romano, su identidad estaba más cerca de Hispania que del corazón del Imperio.

A pesar de su salud frágil, era un trabajador incansable. Muchas de sus obras fueron redactadas en las noches de insomnio, lo que él mismo reconoce en varias cartas. En sus cartas describe con detalle sus paseos, huertos, baños termales y ríos. Se refugiaba en la naturaleza para huir de la corrupción de Roma. Uno de sus textos más íntimos es una alabanza a la tranquilidad de una villa en Nápoles.

Estoicismo hasta la muerte. La caída de Séneca fue tan inevitable como dramática. Tras haber sido tutor y consejero del joven Nerón, el filósofo cordobés se retiró de la política cuando la crueldad del emperador empezó a devorar Roma. Pero su prestigio seguía siendo enorme: un senador respetado, un maestro admirado, un símbolo de la virtud estoica frente a la decadencia imperial. En el año 65 d.C., la conjuración de Pisón ofreció a Nerón la excusa perfecta. Aunque nunca se probó su implicación, Séneca fue acusado de complicidad. El emperador no dudó: ordenó su muerte. Tácito relata que Séneca recibió la noticia con la serenidad de quien ha meditado durante años sobre el valor de la vida y la inevitabilidad de la muerte.

En su villa, rodeado de discípulos y amigos que lloraban, los consoló más que ellos a él. Se abrió las venas de brazos y piernas, y mientras la sangre fluía lentamente, conversaba todavía sobre la firmeza del sabio. Como la agonía se alargaba, bebió un veneno preparado al estilo socrático, pero tampoco surtió efecto. Finalmente, entró en un baño caliente, cuyas aguas aceleraron el fin. El vapor y el calor lo envolvieron en el último respiro. Así murió Séneca: no víctima de la casualidad ni del miedo, sino de la voluntad de un tirano y de la coherencia con su propia filosofía. Convertido en mártir de su propia doctrina, hizo de la muerte una última lección estoica.